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En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amen. Oh Augusta
Reina de la Victorias, oh Soberana del Cielo y de la Tierra, ante cuyo
Nombre se agegran lo cielos y tiemblan los abismos, oh Reina gloriosa
del Rosario, nosotros, tus devotos hijos, reunidos en tu Templo del
Pompeya (en este dia solemne), derramamos los afectos de nuestro
corazón, y con confianza de hijos, te manifestamos nuestras miserias.
Desde el trono del Clemencia, donde te sientas como Reina, vuelve, oh
Maria, tu mirada piadosa sobre nosotros, sobre nuestras familias, sobre
España, Europa, el mundo entero. Ten compasión de nuestras penas y
trabajos que amargan nuestras vida. Mira, oh María, cuántos peligros en
el alma y en el cuerpo, cuántas calamidades y afliciones nos oprimen.
Oh Madre, implora para nosotros de tu Divino Hijo, la misericordia y
vence con la clemencia el corazón de los pecadores. Son nuestros
hermanos y hijos tuyos que cuestan la sangre al dulce Jesús y
entristecen tu sensibilissimo Corazón. Muéstrate a todos come eres,
Reina de paz y de perdón.
Salve, Reina.
Es verdad que nosotros, que somos tus hijos, somos los primeros en
volver a crucificar en nuestro corazón a Jesús y traspasar nuevamente tu
corazón, con nuestros pecados.
Lo confesamos: somos mercedores de los más duros castigos, sin embargo
recuérdate que en el Gólgotaa recogniste, con la Sangre divina, el
Testamento del Redentor moribundo, que te declaraba Madre nuestra, Madre
de los pecadores.
Tú por lo tanto, como Madre nuestra, eres nuestra Abogada, nuestra
Esperanza, Y nosotros, gimiendo, extendemos hacia Ti nuestras manos
suplicantes, gritando: Misericordia!
Oh Madre Buena, ten piedad de nosotros, de nuestras almas, de nuestras
familias, de nuestros parientes, de nuestros amigos, de nuestros
difuntos, sobre todo, de nuestros enemigos, y de tántos que se dicen
cristianos y ofenden no obstante, el Corazón amable de tu Hijo. Hoy te
imploramos piedad por las naciones en lucha, por toda Europa, por todo
el mundo, para que, arrepentido, vuelva a tu Corazón.
Misericordia para todos, oh Madre de Misericordia.
Salve, Reina.
Dígnate, oh María, escucharnos con Benevolencia! Jesús ha puesto en tus
manos todos los tesoros de Sus gracias y de Sus misericordias.
Tú estás, Reina coronada, a la dereca de tu Hijo, resplendeciente de
gloria immortal, por encima de todos los coros de los Angeles. Tu
extiendes tus dominios por toda la extensión de los cielos y a Tí han
sido sometidas la tierra y todas sus criaturas. Tú eres, por gracia, la
Omnipotente. Tú, por tanto puedes ayudarnos. A pesar de que somos hijos
ingratos no merecedores de tu protección nosotros no sabríamos a quién
dirigirnos. Tu corazón de Madre non permitirá ver que nosotros, que
somos tus hijos, nos perdamos. El niño que vemos sobre tus rodillas y la
mistica corona que admiramos en tu mano, nos inspiran confianza de ser
escuchados. Nosotros confiamos plenamente en Tí, nos abandonamos como
hijos débiles entre los brazos de la más tierna de las madres, y hoy
mismo, esperamos de Tí las deseadas gracias.
Salve, Reina.
Pidamos la bénedicion a Maria
Una última gracia te pedimos a Tí, oh Reina, que no puedes negarnos (en
este día solemnísimo): concédenos a todos nosotros tu amor celestial y
en modo especial tu maternal Benedición.
No te dejaremos hasta que no nos hayas bendecido. Bendice oh María, en
este momento al Sumo Pontífice. A los antiguos esplendores de tu Corona,
a los triunfos de tu Rosario, donde se te llama Reina de las Victorias,
agrega, todavía esto, oh Madre: concede el triunfo a la Religión y la
paz a la sociadad humana. Bendice a nuestros Obispos, a los sacerdotes y
particularmente a todos aquellos que celan el honor de tu Santuario.
Bendice, finalmente, a todos los asociados al Templo de Pompeya y a
cuantos cultivan y promueven la devoción del Santo Rosario.
Oh Rosario Bendito de María, dulce Cadena que nos une a Dios, vínculo de
amor que nos une a los Angeles.
Torre de Salvación, contra los asaltos del infierno. Puerto seguro en el
naufragio común, nosotros no te dejaremos nunca jamás.
Tu serás nuestro consuelo en la hora de la agonía para Tí, pues, el
último beso de la vida que se apaga.
Y la última palabra de nuestros labios será tu suave Nombre, oh Reina
del Rosario de Pompeya, oh Madre nuestra querida, oh Refugío de los
pecadores, oh Soberanam, consoladora de los afligidos.
Seas en todo lugar bendecida, hoy y siempre, en la tierra y en el cielo.
Amén.
Salve, Reina.
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